—Usted, llevado de sus antiguos hábitos de galanteador irreflexivo, ha abusado de la generosa hospitalidad que le dispensó una mujer que aunque a primera vista parezca algo ligera es modelo de virtudes. La baronesa ha perdido su honor en los brazos del hombre a quien salvó la vida, y éste obraría con una deslealtad nunca vista e impropia de un caballero si se negara a reparar el mal que causó.

Baselga quedó anonadado bajo aquella severa reprimenda.

—Va usted a partir—continuó el sacerdote—dentro de breves horas, y Dios sólo sabe dónde podrán arrastrarle los azares de la guerra. El corazón de usted es ligerísimo, su facilidad amorosa grande en extremo, y casi es probable que cuando termine la guerra usted haya dado su afecto a otra mujer y olvidado a la baronesa, en cuyo caso, ¿cuál será la suerte de esa desgraciada señora, modelo de virtudes, pero a quien el amor ha hecho pecar?

—¡Oh!, no, padre. Yo nunca olvidaré a Pepita: la amo mucho.

—El amor, cuando no está santificado por la bendición del sacerdote, es fugaz pasión que el menor vaivén de la vida hace desaparecer. No basta que usted quiera a Pepita, es necesario afirmar esa pasión con algo más serio que los juramentos de amor.

—¿Y qué puedo hacer yo, padre mío?—dijo Baselga, a quien las palabras del cura habían conmovido.

—Hoy casi nada. La orden del rey le obliga a partir dentro de breves horas y no hay tiempo para que usted legitime por medio del casamiento canónico sus amores con la baronesa.

—Entonces, ¿cuál ha de ser mi conducta para que vuestra reverencia me dé la absolución?

—Ya que es imposible por el momento el borrar las anteriores faltas con el matrimonio, jure usted ante Dios que está en el cielo y en todo lugar que dará su mano y su nombre a la mujer amada tan luego termine la comisión que ahora le encarga su majestad.

—Dispuesto estoy a jurarlo, padre mío.