Entonces, Baselga, por indicación del cura, púsose en pie, y extendiendo su diestra a un antiguo cuadro que representaba a Cristo, macilento y negruzco, fué repitiendo el juramento que palabra por palabra le dictó don Claudio, y al final de cuya fórmula pedía para sí todos los tormentos del suplicio y los dolores de la tierra si dejaba de cumplir lo prometido.
El mastuerzo que con tanto valor sabía batirse en las calles de Madrid, sentíase ahora conmovido por las palabras que le hacía pronunciar el hábil capellán y le faltó poco para derramar lágrimas de alegría cuando le dijo don Claudio con acento melifluo.
—Hermano; de rodillas.
Oyó Baselga latinajos que no entendía y con ademán compungido recibió la bendición de aquella mano fina y aristocrática, que después besó contritamente.
—Ahora—dijo don Claudio levantando del suelo al capitán—, a luchar como un héroe por la santa causa de la Iglesia y del Rey.
—Lucharé hasta morir—contestó el joven con resolución que no daba lugar a dudas.
—¿No es verdad que se siente usted mejor después de la confesión?
—Me encuentro poseído de un bienestar inmenso.
—El pecador que tiene fe en Dios, siempre experimenta tan grata impresión después de desahogar su pecho de culpas.
—Ya hemos terminado—continuó el cura después de un breve silencio—; retírese usted a hacer sus preparativos de viaje y avístese con el señor Antonio, que ya ha recibido las instrucciones necesarias. Además, autorizo a usted para que cuando vea a la señora baronesa, le revele cuanto aquí ha ocurrido. Es una santa mujer que experimentará una alegría sin límites al saber que usted ha jurado ser su esposo tan pronto como lo permitan las circunstancias.