—¡Adiós, padre!—dijo el capitán con algún enternecimiento—. Que el cielo permita nos volvamos a ver pronto.
—¡Adiós, hijo mío! Que el Señor proteja a usted.
Y aquel Pedro el Ermitaño del realismo español, estrechó con cariño la mano del cruzado que iba a defender en los montes la tiranía del monarca y el restablecimiento de la Inquisición.
Cuando los pasos de Baselga hubieron dejado de sonar en la habitación vecina, el cura sonrióse con aire satisfecho, y dirigiéndose a la puerta del salón contraria a aquella por la que había salido el joven, levantó el pesado cortinaje, preguntando con voz meliflua:
—¿Está usted contenta, Pepita?
—Mucho, padre mío. ¡Cuánto tengo que agradecer a usted!
Y la baronesa, diciendo estas palabras entró en el salón. Sus mejillas estaban coloreadas por la alegría y en toda ella conocíase el vivo placer que le había causado la anterior escena.
—Esto es un servicio más que usted tendrá que agradecer a la poderosa Compañía que la protege desde la cuna.
—Lo agradezco con toda mi alma, padre Claudio, y crea vuestra reverencia que siento no corresponder con más fuerza a tan grandes y continuos favores.
—Con que tenga usted al rey mucho tiempo hechizado con sus gracias y disponga un poco de su voluntad, nosotros nos damos por satisfechos.