—Eso hago y eso haré tan bien como me sea posible. Mis ilusiones se realizan y desde la cumbre a que me elevan los favores de la Orden, podré servir mejor a los intereses de la Compañía. Unicamente me faltaba un marido, y éste ya le tengo gracias a la sabiduría de vuestra reverencia, que tan acertadamente sabe dirigir las conciencias. Querida predilecta del rey, pero teniendo que vivir oculta por no poder presentarme en sociedad como la viuda forastera, problemática y sin amistades, me es imposible servir tan bien a la Orden como lo haré el día en que figure en la corte como la esposa de un hombre que ha prestado grandes servicios a la causa del rey. Baselga es un necio, pero tiene algo de héroe, y si no lo matan, conseguirá abrirse paso y llegar a los más altos puestos. Yo necesitaba un marido de tal clase y vuestra reverencia me lo asegura valiéndose de su profundo talento que a todos convence. ¡Cuán agradecida debo estar a la Orden que me protege!
—Baronesa: el que trabaja “para la mayor gloria de Dios”, se ve colmado siempre por el Altísimo de inmensas felicidades.
X
1823
En 1823 cambió por completo la decoración para liberales y serviles que con tanta saña venían combatiéndose hacía tres años.
Al rey que decía “a sus súbditos” “marchemos todos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, mientras ocultamente favorecía con dinero y con hombres las sublevaciones absolutistas en los montes de Cataluña y Navarra, le parecía todavía insuficiente el armar tropeles de fanáticos que combatieran en favor del Altar y del Trono, y solicitó el auxilio de Francia, que envió a España al duque de Angulema con sus cien mil hijos de San Luis.
Fué aquélla una época de desbordamiento y de impudor. Nunca se había visto un pueblo más propenso a la mudanza, a la traición y a la desvergüenza.
Largos años de tiranía habían corrompido el sentido moral de nuestro pueblo; la revolución sólo había servido para hacerlo más bullanguero, y ni una sola de las ideas democráticas que los oradores predicaban en los clubs, conseguía penetrar en aquella juventud que todavía era hija legítima y directa de la generación de Pan y Toros.
Los que antes iban con gran fervor a las procesiones o eran cofrades del Rosario de la Aurora, asistían ahora a los clubs, cantaban a grito pelado en las calles los himnos en moda u organizaban las manifestaciones cívicas. He aquí toda la reforma que la revolución consiguió hacer en el pueblo español.
El rey, a pesar de la Constitución y de todos los esfuerzos de exaltados y comuneros, seguía siendo la personificación del país; lo que el monarca hacía, los súbditos lo imitaban, y como Fernando VII era canallesco, desvergonzado y traidor, el pueblo no conocía ni aun de oídas el pudor político, y cuando aún repetía el eco sus gritos de ¡viva la Constitución!, volvía la hoja rápidamente para pedir a gritos el triunfo del rey “neto” y la vuelta de los felices tiempos en que funcionaba la Inquisición, los jesuítas dirigían el Gobierno y el amo de España mostraba el sobrehumano talento que le había dado Dios para presidir las corridas de toros.