La calma de su esposa y el desdén que ésta manifestaba sacaron a Baselga de su contemplación de idiota, y, avanzando al centro del gabinete, dejóse caer sobre un diván, diciendo con voz cavernosa:
—Pepita, tenemos mucho que hablar. Siéntate aquí y mirémonos frente a frente.
—Habla cuanto quieras—contestó la hermosa, con su tonillo indolente—; habla, que ya te oigo y no es necesario que deje de peinarme para escucharte.
—¡A sentarte..., y pronto! Yo lo mando.
Volvió su cabeza la mujer con aire de asombro al ver que el antiguo esclavo se rebelaba demostrando tener voluntad; pero fué para ella tan extraña la impresión que vió en su rostro que, obedeciendo a un impulso de conservación, abandonó su peinado y fué a sentarse en el extremo del diván que le indicaba Baselga.
—Ahora—dijo éste con terrible calma—que los dos nos encontramos frente a frente, vamos a repasar nuestra pasada vida para que yo me convenza mejor de que he sido un imbécil y usted, señora, una tremenda...
Y Baselga dió a su esposa un calificativo tan justo como duro, cuya crudeza disculpaba su inmensa indignación.
Pepita estaba asombrada y no sabía dónde aquello iría a parar; pero como sobre su conciencia pesaban motivos suficientes para tener miedo a su esposo, y como éste se mostraba por primera vez con voluntad propia y en toda la plenitud de su carácter feroz, de aquí que la alegre condesita, a pesar de su despreocupación y su descoco, comenzara a perder la serenidad.
—Señora: lo sé todo. No son ya un misterio para mí los deshonrosos amoríos que usted ha sostenido antes y después de nuestro casamiento, y aun los que hoy tiene con cierto individuo de la Embajada inglesa, al que muy pronto ajustaré las cuentas.
La condesa, a pesar del imperio que tenía sobre sí misma, no pudo menos de estremecerse, detalle que no pasó desapercibido para Baselga.