No era operación trivial el peinado de una dama en aquella época.

En todos tiempos ha sido el tocado de las cabezas femeninas empresa dificultosa que ha necesitado mucho tiempo y no pocas meditaciones, pero en la última época del reinado de Fernando VII, la tiránica moda llevó el peinado a la más estupenda exageración en punto a complicado y gigantesco.

Pepita estaba ante el espejo de su gabinete, ocupada en arreglar sus cabellos con el mejor arte posible, cuando oyó agitados pasos en la habitación vecina, y, poco después, la puerta de la estancia, que estaba entornada, tembló al recibir un fuerte empujón, y, girando rápidamente, fué a chocar contra la pared, con atronadora violencia.

Volvió la bella Condesa la cabeza, asustada por tal estrépito, y vió, parado en medio de la puerta, al gigantesco Baselga, que tenía un aspecto poco tranquilizador.

Pepita estaba tan acostumbrada a tratar despectivamente a su esposo, y tan grande era su conocimiento del dominio que ejercía sobre su voluntad, que no se inmutó al notar la expresión horrible de aquel rostro ceñudo, en el cual destacábanse horriblemente los ojos centellantes, sanguinolentos y que parecían próximos a salirse de sus órbitas.

Hizo la hermosa un mohín que lo mismo podía expresar sorpresa que desprecio y volviendo a mirarse en el espejo, dijo, con su tono meloso e indolente:

—Pero, hijo mío, ¿qué te sucede para que tan descortésmente penetres en el gabinete de tu mujer? Las costumbres del cuartel te roban tu antigua buena crianza, y será preciso que tu esposa te eduque como si fueras un niño.

El conde pareció no oir estas palabras. Tal seducción ejercía aquella mujer sobre su ánimo, que, a pesar de la indignación que le dominaba y de los terribles proyectos de venganza que se había forjado desde casa de la duquesa a la suya, se detuvo, como asombrado, cual si por primera vez viera a su esposa y quedara subyugado por el incentivo de sus gracias.

Baselga, a pesar de su carácter enérgico, por no decir brutal, carecía de una voluntad firmísima, y la indecisión se apoderaba continuamente de su ánimo.

Algunos momentos antes pensaba en asombrosas venganzas, y se sentía con ímpetu para exterminar, no ya a Pepita, sino a todo el género humano: pero desde el momento que contempló a su esposa sintióse de nuevo víctima de aquel predominio que ésta sabía ejercer sobre su carácter, y permaneció un buen rato como atontado, mientras que la hermosa mejicana seguía peinándose tranquilamente.