—¡Esto es grave!—murmuró el padre Claudio y, presa de nerviosa agitación, levantóse del asiento y comenzó a pasear con aire meditabundo.

—¿Cuánto tiempo hace—preguntó al hermano Antonio—que el conde salió de casa de la duquesa?

—No lo sé ciertamente; pero calculo que pronto hará una hora.

—No hay tiempo que perder. ¿Está enganchado el coche?

—Sí, reverendo padre. Es ya la hora en que vuestra reverencia acostumbra a ir a Palacio.

—No se trata de eso. Voy inmediatamente a casa de Pepita. El conde es un bárbaro, como ya te dije, capaz de toda clase de violencias cuando se encuentra furioso. ¿Quién sabe si a estas horas estará haciendo alguna de las suyas?

—Malos celos tiene el señor Baselga, pero creo que no haría mal vuestra reverencia en dejar a doña Pepita completamente sola en manos de su esposo. Es una rebelde que, desde que está en lo alto, desprecia a la Orden, que tanto la ha favorecido, y se niega a obedecerla.

—¿Quién te mete a ti a dar consejos? Pepita ha vuelto al redil, y nos conviene defenderla para que siga prestándonos buenos servicios. Además, en sus tormentosas explicaciones con el conde puede ser que para sincerarse, delate nuestra complicidad en sus relaciones con el rey, con lo que cesaríamos de dirigir la voluntad del conde. Es preciso que yo vaya pronto allá, y el Corazón de Jesús quiera que no llegue tarde.

VIII

La cólera de Baselga