Esta vez no tardó María en dar su contestación. Cesó de llorar, secóse los ojos con sus manos y, fijando en su padre unos ojos en que se retrataba una energía salvaje, por lo inquebrantable, dijo resueltamente:

—No, señor; jamás le olvidaré.

Tomasa, que comprendiendo lo que allí se trataba, andaba husmeando cerca de la puerta de la habitación, oyó un fuerte golpe que conmovió sordamente el pavimento.

Cuando la fiel doméstica entró en la habitación vió a don Ricardo tendido a los pies de su butaca, convulso, con la vista extraviada, rugiendo sordamente de dolor y arañándose el pecho encima del corazón.

María le contemplaba con asombro, y completamente aturdida no sabía qué hacer ni dónde dirigirse.

XIV

El padre Fabián y el conde de Baselga

—Dispénseme vuestra reverencia mi tardanza. He estado dos días fuera de casa, viviendo al otro extremo de París con un compañero de armas, y hasta esta tarde no he sabido que había usted enviado repetidas veces a buscarme.

—Yo mismo he estado esta mañana en la calle de los Santos Padres.

—¿Usted, padre Fabián? ¿Vuestra paternidad ha olvidado sus importantes ocupaciones por venir a buscarme en mi pobre vivienda?