—Sí, señor conde. Tengo que tratar un asunto de gran importancia, en el que es necesario saber la opinión de usted. Siéntese, que la conversación no ha de ser corta.

Baselga, que tenía el rostro pálido y ojeroso, y que mostraba en el traje cierto desorden, ocupó el sillón que le señalaba el padre Fabián, y tomó la atenta posición del que se prepara a escuchar.

—Lo sé todo—dijo el jesuíta sonriendo bondadosamente y guiñando un ojo.

—¿Y qué es lo que vuestra paternidad sabe?—preguntó Baselga con cierta desconfianza.

—Es inútil el disimulo. Sé todo lo ocurrido hace dos días en casa del señor Avellaneda entre éste y usted.

—Lo habrá contado, sin duda, el señor García.

—El mismo.

—¡Ah, ya! El buen señor se toma mucho interés en este asunto. Más, tal vez, del que debía.

El emigrado dijo estas palabras con tal intención, que el padre Fabián se apresuró a contestar:

—Parece que usted duda de la sinceridad de nuestro amigo, y hace muy mal. El señor García le quiere a usted mucho y está inconsolable por la decepción que usted acaba de sufrir.