No pareció Baselga muy decidido a creer en la sinceridad de aquel cariño; pero calló, dando a entender con un gesto que después de todo lo sucedido le importaba muy poco cuanto pudiese hacer el señor García.

—Tenía grandes deseos—continuó el jesuíta—de ver a usted para reñirle por su falta de franqueza. Varias han sido las veces que he conversado con usted amistosamente en esta habitación, y nunca se ha dignado manifestarme el amor que le dominaba. ¿Es que usted desconfía de un amigo como yo?

—Reverendo padre; las cuestiones de amor no se revelan a nadie, y menos a hombres que son representantes de Dios y, por tanto, están muy por encima de las cosas terrenales.

—¡Bah!, querido conde; eso no pasa de ser una excusa como otra cualquiera para disculpar su falta de franqueza. Si usted no hubiese procedido conmigo con una reserva que no creo merecer, yo le habría dado algunos consejos para evitar esa situación desairada en que usted estuvo al pedir al señor Avellaneda la mano de su hija.

—¡Cómo!, reverendo padre; ¿acaso habría encontrado ayuda en vuestra paternidad para lograr lo que tanto deseo?

—No es eso; no me ha entendido usted. Quiero decir que con tiempo le hubiera dado un buen consejo para que olvidase a esa joven, que es para usted imposible.

—¡Olvidarla!, ¡jamás!

Dijo Baselga estas palabras rotundamente, con el mismo acento enérgico y vibrante que si estuviese mandando un regimiento.

El jesuíta le miró fijamente, y como para estudiar concienzudamente la fuerza de su pasión, haciéndole hablar, dijo con lentitud:

—Según eso, la ama usted mucho.