—Mire usted, padre; voy a hablarle con tanta franqueza como si me confesara con usted. Es imposible que yo olvide a esa mujer. ¡Ay, si pudiera, si lograra borrar su imagen de mi memoria, crea usted que sería completamente feliz! Estoy enamorado con toda la fuerza del primer amor y comprendo que acabo mi juventud por donde otros la empiezan. Usted ha sido soldado como yo y sabe que un hombre de nuestra clase siente más un insulto que una estocada mortal. Pues bien; el otro día me dejé insultar por ese viejo sin protesta alguna; le respeté sólo porque era el padre de María, y en vez de olvidar inmediatamente a una mujer que tales humillaciones me proporciona, su recuerdo se ha aferrado aún con más fuerza a mi memoria.
—Eso pasará, hijo mío. Conozco bien el corazón humano y sé que el tiempo tiene fuerza para destruir los recuerdos más tenaces.
—Se engaña vuestra paternidad. María no se apartará nunca de mi memoria. Durante dos días me he entregado a la vida tormentosa que la juventud alegre arrastra al otro lado del Sena. Deseando olvidar mi humillación y el amor de María, he vivido con un compañero de armas, calavera incorregible; he bebido como un loco, me he emborrachado como un miserable, me he sumido en el vicioso lecho de las cortesanas y, nada, reverendo padre, ni el alcohol ni los estremecimientos frenéticos de la carne, han logrado que se borrara en mi cerebro la pálida cabecita de María. ¡Oh! Esa niña, ha sabido agarrarme bien y comprendo que nadie podrá hacérmela olvidar.
Y el conde, conmovido por su impotencia para librarse de tal amor, bajó la cabeza quedando sumido en profunda reflexión.
—Debe usted procurar, querido conde, librarse de esa obsesión amorosa. Es una locura acariciar lo imposible.
—¿Y por qué ha de tener usted por imposible que María sea mi esposa?
—Porque ella tiene contraídas sagrados compromisos que ha de cumplir.
—¿Ama acaso a otro?—preguntó Baselga con ansiedad.
—Sí; ama a Dios, y ante la imagen de la sagrada Virgen ha prometido mil veces entrar en un convento para ganar el cielo con sus oraciones.
—¡Bah!—dijo sonriendo el emigrado—. Eso fué una niñería sin importancia; un capricho de joven devota. Muchas veces me ha hablado, riéndose, de la tendencia que en otros tiempos había tenido a hacerse monja.