—Señor conde—repuso el jesuíta con severidad—; las promesas que se hacen a Dios nunca deben considerarse como niñadas ni como casos de risa. María será monja.

—¡Pero si ella me ama!

—Ese amor es un capricho pasajero, una locura de niña; lo verdadero, lo cierto, lo que no admite réplica, es que María está hace ya mucho tiempo ligada a Dios.

—Yo no paso por eso—dijo Baselga con resolución.

—Pues hará usted mal en oponerse, señor conde.

Esto lo dijo el jesuíta sonriendo con una expresión tan extraña, que hubiera amedrentado a otro menos tenaz y enamorado que Baselga.

—María me pertenece y yo no he de cejar por un capricho de su testarudo padre.

—Pues tendrá usted que conformarse con abandonarla. Hay alguien que puede, no ya más que usted, sino que todas los enamorados de la tierra juntos.

—¿Y quién es ése? Quisiera saberlo.

La pasión volvía insolente y audaz a Baselga, hasta el punto de hacerle mirar con expresión de reto a un personaje tan temible como era el padre Fabián.