Baselga no pudo seguir en sus dolorosas reflexiones que derrumbaban sus más firmes creencias, pues el padre Fabián siguió dándole cariñosas palmaditas y le dijo con melifluo acento:

—Conque quedamos en que usted olvidará a esa joven y vivirá en adelante como si no la hubiese conocido. ¿Estamos conformes, amigo mío?

El emigrado miró fijamente al jesuíta, y lentamente, como para dar más fuerza y valor a sus palabras, contestó:

—No, señor.

Entonces el rostro del rubicundo padre experimentó una radical transformación. Desapareció la seductora y bonachona sonrisa, siendo reemplazada por la impenetrable serenidad de una esfinge.

—Pues entonces, señor conde, siento manifestar a usted que en vista de su conducta deplorable y de su tenaz resistencia, la Compañía tendrá necesidad de apelar a ciertos medios.

Baselga levantó los hombros con expresión de desprecio, pero el padre Fabián no pareció hacer caso y siguió diciendo:

—Hablaré con franqueza. Permaneciendo usted en París, la señorita de Baselga sufrirá una continua tentación que podrá apartarla del santo camino del claustro, y, por tanto, interesa a la Compañía que usted abandone cuanto antes esta población. No dude usted que saldrá pronto de París.

—No adivino el medio, y me río de la amenaza. La Compañía no reina en Francia, y como yo soy un individuo pacífico que en nada llamo la atención de la policía, no es fácil que la autoridad me conduzca a la frontera.

—Saldrá usted de París, no lo dude. En todas partes tenemos amigos y el mismo embajador de España se encargará de pedir al Gobierno francés que lo conduzcan a usted a Inglaterra, a Suiza o a otra nación fronteriza, acusándole de conspirador carlista y pintándolo como un continuo peligro para el Gobierno español. Si usted no quiere que la Policía le pille desprevenido puede ir haciendo la maleta.