Dijo estas palabras el padre Fabián con tal expresión de omnipotencia, que Baselga no dudó de que las amenazas se cumplirían inmediatamente, pero a pesar de esto, por pasión y por despecho, continuó la resistencia.

—Haga la Orden lo que quiera, que yo no por esto desistiré de mi propósito ni prometeré una cosa que no puedo cumplir.

El conde manifestaba una resolución inquebrantable. Sabía que la Compañía podía causarle mucho daño, pero a pesar de esto, manteníase firme, prefiriendo sufrir una persecución feroz antes que resignarse a olvidar su pasión.

El jesuíta no parecía intimidarse por aquella resistencia. La horrible sonrisa, símbolo de la Orden, contraía cada vez con mayor violencia sus facciones, y mirando a Baselga con expresión de lástima, le dijo:

—Veo que es usted un valiente a quien no intimidan las amenazas. Pero, sin embargo, la Orden aún cuenta con medios para obligarle a lo que ella quiera, sin necesitar valerse de la policía francesa.

—Quisiera saber qué medios son esos—contestó con sorna el emigrado.

—Conde, hace usted mal en burlarse. Tratándose de la Compañía de Jesús, sólo puede bromear un loco o un imprudente. Tal vez se arrepienta usted demasiado pronto de saber que tengo en mis manos una prueba terrible contra usted. De seguro que esto no le dejará conciliar el sueño con tranquilidad.

—Vuelvo a repetir que quisiera ver esa prueba. Ya sabe usted, reverendo padre, que no es muy fácil asustarme.

—Pues bien, sépalo usted. De España acaban de remitirme un documento firmado por usted, en el que confiesa claramente haber estrangulado a su esposa, la baronesa de Carrillo.

Baselga estaba lejos de esperar aquel golpe. Nunca se le había ocurrido que tal documento pudiera salir de la cartera del padre Claudio, al que consideraba como su mejor amigo; así es que quedó anonadado y no supo qué contestar.