—¿Pues qué es lo que usted piensa hacer de él?—preguntó con acento de burla el emigrado.
—Ahora lo sabrá usted. Por última vez. ¿Accede usted buenamente a olvidar a la señorita Avellaneda?
—¡No! Eso no lo conseguiría nadie; aunque me matasen.
—Pues bien; mañana mismo una persona de confianza se encargará de enseñar a esa mujer que tanto ama usted, el documento en que confiesa ser el asesino de su esposa.
Esta vez el golpe fué certero, pues llegó rectamente al corazón. Un verdadero golpe de jesuíta.
Baselga experimentó un estremecimiento de horror. Aquello nunca había llegado a imaginárselo; era el colmo del sufrimiento. ¡Cómo! ¿Revelar a María el espantoso drama con que terminó el matrimonio de su amante? ¿Hacer que ésta supiera que el hombre amado era un asesino que estrangulaba mujeres? No; imposible; antes rugir de pena al considerar imposible la realización de su amor, que pasar por la inmensa vergüenza de que María conociera aquella sucia página de su vida.
Ahora conocía lo terrible que era aquella Orden, a la que estaba ligado; ahora aparecían justificados para él los incesantes ataques que en todo el mundo se dirigían contra la Compañía de Jesús.
Se necesitaba la fuerza de un gigante para vencer aquella sombría y colosal institución, ante la cual resultaba un pigmeo obligado a transigir.
Era ya inútil la resistencia, y había que confesarse vencido, anonadado, y dar aún las gracias a aquella tiranía con sotana que no levantaba el pie para pulverizarlo de un golpe.
Como el hombre que después de luchar con una fiera siente agotadas sus fuerzas y al fin cae entre sus garras deseoso de terminar cuanto antes el terrible combate y de morir, así Baselga se resignó a ser devorado, y con voz fosca, murmuró: