—Estoy dispuesto.
—Lo celebro mucho, hijo mío—contestó el jesuíta con voz meliflua—. Ya sabe usted lo que la Orden desea. Procure usted olvidar que existe en el mundo la señorita Avellaneda.
—Lo olvidaré.
—En cambio, nosotros olvidaremos por nuestra parte ese documento, que tanto le compromete.
—Gracias.
—Y qué... ¿No está usted contento con la Compañía? ¿Cree usted que con estas dulces exigencias le causa algún daño?
El tonillo melifluo con que fueron dichas estas hipócritas palabras, produjo a Baselga un estremecimiento de cólera.
Temió dar de bofetadas a aquel canalla que tenía su reputación en sus manos, y lanzando una mirada de feroz odio sobre el jesuíta, salió de la habitación ciego de ira y tambaleándose como un borracho.
El padre Fabián seguía sonriendo.