El jesuíta próximo a triunfar

En casa del señor Avellaneda reinaba gran confusión.

El orden que regulaba los actos todos de aquella familia había desaparecido, dejando paso a esa confusión propia de todo hogar donde la enfermedad penetra.

El señor Avellaneda estaba enfermo de gravedad.

Después de aquella crisis nerviosa que experimentó al terminar su tempestuosa conferencia con Baselga, había caído en un angustioso abatimiento que le convertía en un ser despojado de voluntad.

Los dolores de la enfermedad de gota que sufría habían desaparecido, y ni un solo estremecimiento agitaba su empobrecido y débil cuerpo; pero, en cambio, comenzaba a indicarse en él una dolencia extraña, que ponía en extremo pensativo y preocupado al médico de la casa.

La hinchazón que continuamente tenía su pie izquierdo, había subido hasta más allá del tobillo y crecía rápidamente, amenazando invadir el resto del cuerpo.

El médico examinaba aquel fenómeno con sorpresa, y movía la cabeza con aire de duda, mostrándose poco seguro de su ciencia.

Varias veces preguntó a María y a la vieja criada, si el señor sufría del corazón, y sólo pudo conseguir contestaciones vagas y contradictorias, decidiéndose, al fin, a recetar digital, haciendo caso omiso de la hinchazón, que consideraba únicamente como superficial manifestación de un mal muy grave.

Don Ricardo abandonó el sillón de su cuarto y tendido en la cama pasaba las noches, quejándose unas veces con resignación, y otras con furor sin límites, asegurando que tenía dentro del pecho algo que le quemaba y le oprimía el corazón.