María pasaba las noches en vela, sentada a la cabecera del lecho de su padre, y a pesar de las continuas fatigas experimentaba una inefable delicia al ver que aquél, olvidando la expresión ceñuda con que la miraba en los primeros momentos, comenzaba a tratarla con el mismo cariño que cuando era niña y la llevaba a pasear al Luxemburgo.
Algunas veces, don Ricardo cesaba de quejarse, y extendía un brazo para acariciar aquella hermosa cabeza inclinada sobre él y atenta a la menor indicación para cumplirla inmediatamente. Había en aquella caricia tal expresión de melancólico dolor, y se retrataba tan claramente en los ojos del enfermo el convencimiento de que pronto iba a morir, que María, adivinando lo que pensaba su padre, volvía rápidamente el rostro para ocultar sus lágrimas.
Aquella casa, que de continuo estaba alegre con las carcajadas y las canciones de María y las palabrotas de Tomasa riñendo a las otras criadas, había quedado silenciosa y como envuelta en ese ambiente tétrico de los lugares donde la vida lucha con la enfermedad, y la muerte anuncia su próxima presencia. La luz del sol, filtrándose a través de los pesados cortinajes bañaba las habitaciones con una turbia claridad que dejaba los objetos en incierta penumbra, y el silencio monacal que imperaba en toda la casa sólo era turbado por los dolorosos lamentos del enfermo y la argentina vibración de la cucharilla, agitando el vaso del medicamento. Aquella atmósfera estaba impregnada de todos los olores de una botica.
El amable señor García faltaba muy pocas horas a aquella casa. ¿Cómo había él de abandonar a su amigo querido, a su protector, ahora que le veía tan gravemente enfermo?
Comía fuera de la casa, pues el cuidado del enfermo no permitía el regalo de tiempos pasados, pero así que quedaba libre de sus numerosas ocupaciones acudía inmediatamente, y su primer cuidado era preguntar a Tomasa, que le abría la puerta, cómo se encontraba el enfermo.
No había que hacerse ilusiones. Don Ricardo iba de mal en peor, y aquella terrible enfermedad que el médico no se atrevía a diagnosticar claramente y que le hacía mover la cabeza de un modo intranquilo, iba de mal en peor.
—Esa maldita hinchazón—decía Tomasa, indignada contra aquella dolencia traidora—, nos va a dar qué sentir. Sube y sube como si tuviera prisa en devorar a mi pobre señor. Ayer sólo estaba en la pantorrilla; ahora empieza a extenderse por la pierna, y no parará hasta que le llegue a la cabeza y ponga a don Ricardo hecho un monstruo. ¡Cuánto mejor era la gota que, aunque nos diera más que sentir, nos tenía más tranquilos! Le digo a usted, señor García, que es cosa de desesperarse y maldecir a esos médicos, que no tienen medios para combatir el mal.
Por lo regular, todas estas conferencias que comenzaban en el rellano de la escalera y terminaban en el comedor, tenían, por final, las lágrimas de Tomasa, que no podía conformarse con la idea de que don Ricardo iba a morir, y los consejos angelicales del señor García, que hablaba de Dios y de la resignación cristiana que debe mostrarse en la última hora.
Avellaneda ya no pasaba las veladas quejándose y en pleno dominio de su razón, pues a altas horas de la noche sentíase invadido por una terrible fiebre y deliraba de un modo alarmante, hasta el punto de que tenían que sujetarlo a viva fuerza, para que no se arrojara de la cama.
Su delirio era extraño y siempre estaba agitado por idénticas imágenes que le arrancaban palabras tan terribles que hacían llorar a María. El enfermo, en su delirio, creía hablar con Baselga, y le amenazaba con darle de palos acusándole de estar de acuerdo con su hija para envenenarlo con las medicinas que le daban. Aquella idea se había fijado tenazmente en el cerebro de Avellaneda.