—No está usted mal. Me parece que el caso no es grave.
—Eso creo yo algunos ratos; pero en otros... El médico dice que la cosa no va mal, pero creo que esto es tan sólo por no asustarme.
—Cree usted mal. El médico dice la verdad, pues usted no morirá de ésta.
—¿Lo cree usted así? ¡Si supiera cuán duro es pensar que la muerte se aproxima! Ya le llegará su mal rato, y pronto, porque usted es ya muy viejo.
—Espero tranquilo, confiando en la misericordia de Dios.
—¡Bah!... No haga usted esas muecas de beato, si no, me pongo más enfermo.
Calló el vejete, como arrepentido de haber causado enfado a su protector y sólo transcurridos algunos minutos, se atrevió a decir, dando la mayor expresión de veracidad a sus palabras:
—Esté usted seguro de que no morirá de esta enfermedad. Su convalecencia, según dice el médico, será larga y penosa, pero la salvación de la vida es segura.
—¡Viviré! ¡Oh, viviré!—y aquel hombre, casi moribundo, decía estas palabras con una alegría sin límites agarrándose con las esperanzas del desesperado a aquellas palabras de su amigo.
—Sí, vivirá usted, don Ricardo, porque Dios, que todo lo puede, no querrá que usted muera.