—Yo no temo la muerte por mí. Es verdad que la idea de morir me agrada muy poco, pero pienso que, al fin, todos hemos de pasar por tal trance, y esto me consuela. Lo que más pavor me produce es el pensar que a mi muerte María quedará completamente sola en el mundo.
—¿Y yo, amigo mío? ¿No soy nadie para ella?
—Usted, pobre señor García, aunque esté todavía sano y ágil el día que menos lo espere saldrá también de este mundo.
—Fácil es; pero esto no impide que mientras viva proteja a María, tanto más cuanto que ésta se halla amenazada por serios peligros.
—¡Eh!, ¿qué dice usted?—preguntó con sorpresa Avellaneda.
—Esta tarde, al salir de aquí, he visto al conde de Baselga apostado en la esquina, espiando esta casa. Desconfíe usted, señor don Ricardo, pues ese hombre es muy audaz y lo creo lo bastante atrevido para subir aquí sin que usted lo sepa.
Aquello desvaneció la débil tranquilidad de Avellaneda, y por unos instantes creyó el devoto que el delirio iba a reaparecer. ¿Conque aquel aventurero que se le aparecía en las visiones de su loca fiebre como un miserable envenenador, se atrevía a intentar el entrar en la casa de donde él le había arrojado? La idea de que Baselga, burlándose de todas sus prohibiciones, volviera a avistarse con María, le causaba un gran furor, y en su cerebro debilitado buscaba un medio para evitar el peligro.
—¡Qué hacer, Dios mío! ¡Qué hacer!—murmuraba el enfermo.
El señor García miró dulcemente a su amigo y, creyendo que había ya llegado la oportunidad para dar un golpe decisivo, dijo con calma:
—Realmente, es un peligro tener aquí a María. Tomasa tiene ocupaciones sobradas para poder ocuparse de ella, y yo sólo estoy aquí á ciertas horas. No es fácil, pues, evitar que un día u otro hable con ese hombre al que ama.