—¿Qué haría usted en mi situación, señor García?
—Pues yo comenzaría por sacar a María de esta casa.
—¡Separarme de mi hija! Eso jamás lo consentiré, y más, hallándome en un estado tan grave. ¿Quién me cuidaría?
—¡Bah!, señor don Ricardo: el miedo a la muerte le hace a usted exagerar. No está usted tan grave como se imagina, y además, Tomasa y yo nos sobramos para cuidarle en su convalecencia.
Avellaneda pareció reflexionar. Tan grande era el odio que profesaba a Baselga, que, a pesar del inmenso cariño que sentía por su hija, no rechazaba con la misma indignación que otras veces aquella idea de hacerla abandonar la casa por algún tiempo. Bien considerado, ¿qué mal había en ello? María gozaría de mayores ventajas yendo a vivir durante algún tiempo lejos de la rue Ferou y su salud, no muy fuerte, dejaría de sufrir el continuo quebranto que ocasiona el cuidado de un enfermo. La idea comenzaba ya a gustarle, y únicamente le detenía a dar su consentimiento un importante detalle que se apresuró a exponer.
—Y diga, usted, señor García. ¿Dónde iba a vivir la niña durante el tiempo de mi enfermedad?
—¡Oh!, descuide usted, amigo mío. Tengo un punto de la mayor confianza, y usted puede descansar en la firme seguridad de que María no corre ningún peligro, ni es fácil que el conde logre encontrarla. La llevaré, si usted quiere, al convento de Santa Isabel; una santa casa en la que se educan las hijas de las primeras familias de Francia. Es el convento que goza de mayor fama entre la noble sociedad del barrio de San Germán.
Este detalle, propio para deslumbrar a un tendero enriquecido, no causó gran impresión en Avellaneda. ¡Valiente cosa le importaba a él que se educaran en el tal establecimiento religioso las señoritas nobles! Al fin, un convento como todos, y él antes prefería entregar su hija, no a Baselga, sino al primer perdido harapiento que se le presentase, que consentir fuese a encerrarse en uno de aquellos "serrallos espirituales", que era el calificativo que le merecían los monasterios.
No estaba conforme; desechaba la idea, y bien claro lo dió a entender a su devoto amigo, con marcados gestos de desagrado.
El jesuíta comprendió que su presa iba a escapársele si no extremaba sus medios de persuasión, y abrumó a don Ricardo bajo una tremenda avalancha de palabras. Hacía mal en no adoptar el plan propuesto por él. Se exponía con ello a que su hija no olvidase aquel amor tan odioso para el padre, y hasta a que, aprovechando la enfermedad, la deshonra penetrase en aquel modesto hogar, mientras que, accediendo a lo propuesto, podía entregarse tranquilo a la convalecencia de su enfermedad, sin tener que preocuparse de la seguridad de María.