Cuando el señor García metió en un bolsillo de su levitón aquel papel tan codiciado, experimentó una alegría sin límites. El negocio estaba ya terminado. La niña quedaría al día siguiente encerrada en el convento, el padre no tardaría en morirse, y María, cediendo a los consejos de su protector, cedería sus millones a la Compañía de Jesús.

Había para volverse loco de alegría, y el jesuíta saboreaba con placer el horrible crimen, dando gracias a Dios, que protege siempre a sus servidores y representantes en la tierra.

Aquel triunfo dió aún mayor locuacidad al señor García, el cual entretuvo agradablemente a su amigo haciéndole los mayores ofrecimientos y jurándole que nunca le abandonaría, siendo para él como un hermano mayor, dulce y cariñoso.

Aquella charla agravó el estado del enfermo, y la fiebre volvió a aparecer.

A media noche, cuando María, fortalecida por algunas horas de sueño, entró a cuidar a su padre, éste deliraba y se movía furiosamente en su lecho, como si quisiera huir de las terribles imágenes que le perseguían.

El jesuíta dijo a la joven que al día siguiente tenía que hablar con ella de asuntos muy graves, y después abandonó la casa.

Por la calle, y a aquellas horas en que eran escasos los transeúntes, marchaba erguido y majestuoso, con la expresión de un caudillo victorioso.

Engreído con su triunfo, miraba las casas obscuras y silenciosas, como si tuviera un poder absoluto sobre los miles de seres que las habitaban, y se conmovía pensando los elogios que la Compañía de Jesús le dedicaría al conocer el buen término de su negocio. Nada le enorgullecía tanto como el pensar lo que diría el padre Fabián, aquel superior violento y malhumorado que había llegado a compararle a un perro viejo sin olfato. Ahora vería él si era todavía el agente listo y astuto de otros tiempos.

Cuando llegó a su casa y, respondiendo a un tirón de la campanilla, se abrió la puerta de la escalera, quedó algo sorprendido al ver a la vieja portera a la puerta de su cuchitril con una luz en la mano.

—¿Cómo es eso, señora Magdalena? ¿Todavía no se ha acostado usted? ¿Sabe qué hora es?