—¡Ay, señor! Tengo cosas muy graves que decirle.
El viejo hizo tan gesto para indicar que estaba dispuesto a oír.
—Al señor español del primer piso se lo han llevado.
—¿Quién?
—La policía. Ha venido a las ocho el comisario del barrio con algunos agentes, y después de registrar la habitación se han llevado al señor Baselga a la prisión de Mazas. ¿Por qué será esto, señor García? Dígamelo usted, porque yo estoy muy intranquila. ¿Es que el señor se ocupaba en cosas malas?
El jesuíta levantó los hombros para indicar que no sabía nada, y después de tranquilizar a la vieja con cuatro frases comunes, subió lentamente a su buhardilla saboreando mentalmente el suceso.
¡Oh! La cosa iba bien y no podían arreglarse los sucesos más perfectamente. El padre Fabián había cumplido con actividad lo prometido en aquella misma tarde, y el conde estaba va en la cárcel por conspirar contra el Gobierno de España.
El vejete estallaba de satisfacción. Aquello era un día completo y, a ser menos incrédulo en el fondo, había motivo sobrado para rezar un buen rosario a la estampa de Jesús que tenía arriba en su cuartucho.
XVI
El olfato de Tomasa