—¿Y consiente?...
—Sí—contestó María lacónicamente, experimentando gran compasión ante el asombro de Tomasa.
—¡Parece imposible! Y de seguro que alguien habrá arreglado esa monstruosidad. ¿Ha sido el señor García?
Al ver el signo afirmativo de María, la criada dió rienda suelta a su indignación. Todos sus sentimientos sufrieron un completo trastorno, y la antigua simpatía que profesaba al viejo devoto, trocóse rápidamente en salvaje odio.
Las injurias salieron atropelladamente de su boca sin fijarse en que María escuchaba con aspecto tan pronto compungido como escandalizado.
Los peores epítetos fueron arrojados como balas rasas sobre aquel "indecente beato" que venía a robar a ella, que se consideraba ya de la familia, y al infeliz padre el cariño y la presencia del único ser querido. ¿Y no habría un presidio para tales hombres? Ya se lo diría ella con todas sus letras así que se presentase el viejo..., pero no; sería una imprudencia y resultaba mejor dejarlo para más adelante, cuando un escándalo no pudiese agravar el estado en que se hallaba el señor.
Tomasa, para detener a su señorita, intentó apelar al amor y recordó hábilmente al conde de Baselga. ¡Pobre señor! ¡Cuan enamorado estaba! Justamente la tarde anterior, al salir de casa para ir a la botica lo había encontrado en la calle, y relataba toda su conversación, el interés con que el conde se enteraba de las dolencias del enfermo y de la salud de María, lo conmovido que se mostraba al recordar de tal modo sus infelices amores, y además, la criada, por su parte, detallaba el aspecto quebrantado y melancólico que tenía Baselga.
Una viva llamarada pareció pasar por los ojos de María. El recuerdo de aquel hombre, hábilmente evocado, resucitaba en su pecho la pasión que en vano quería olvidar; pero la joven no dejó que la dominase por mucho tiempo la impresión. Recordó la cólera de Dios y la indignación del señor García; pensó que del sacrificio de su felicidad dependía la salud de su padre, y bajó la cabeza con aire resignado.
Cuando, una hora después, tembló el suelo de la solitaria calle bajo las ruedas de un carruaje, y Tomasa adivinó por algunos golpes de tos que el señor García subía la escalera, fué a esconderse en la cocina, temiendo dar un escándalo, pues conocía que en presencia del viejo era muy capaz de arañarle.
La despedida en la alcoba del enfermo no fué tan dolorosa como esperaba el jesuíta. Don Ricardo, que después de muchas horas de incesantes sufrimientos, estaba sumido en un pesado letargo, no dió señales de sentir los besos que la sollozante María depositó en su frente sudorosa.