La partida fué rápida, precipitada como si la joven estuviese ansiosa de salir cuanto antes de aquella casa para evitar una reacción de su voluntad que le impidiese cumplir lo prometido.
Tomasa, escondida en la cocina, permanecía inmóvil acariciando todavía la esperanza de un rápido arrepentimiento de su señorita; pero cuando llegó a sus oídos el golpe de la puerta al cerrarse, y poco después alejarse de la solitaria calle el ruido del coche en marcha, sintióse dominada por la desesperación y se acusó furiosamente de torpe y de imbécil por no haberse opuesto a que su señorita abandonase la casa.
Más de una hora permaneció la fiel sirvienta entregándose a raptos de desesperación, desagradables muchas veces para su propio cuerpo, pues se traducían en tirones de pelo y puñetazos en la cara; pero por fin cansóse la varonil aragonesa de gemir y atormentarse, y se propuso tomar una resolución.
El recuerdo de Baselga acababa de pasar por su memoria, y Tomasa creyó lo más útil en aquellas circunstancias avisar al conde de cuanto ocurría.
Entró en la alcoba del enfermo, vió que seguía dominado por el sopor y salió de la casa después de encargar a una de las criadas francesas que velasen a don Ricardo.
La tenaz aragonesa marchó rectamente a la calle de los Santos Padres, pues conocía la habitación de Baselga a causa de haber ido algunas veces a darle avisos de parte de Avellaneda o cartas amorosas de María.
Tenía Tomasa alguna amistad con la portera; así es que al entrar en el portal se dejó detener por ésta, y como de costumbre, entabló conversación.
La sorpresa que experimentó la sirvienta fué imponderable al saber que el conde había sido reducido a prisión por la policía.
Al ver que la portera no daba una explicación satisfactoria de tal accidente, ni sabía cuál pudiera ser el verdadero motivo del arresto, Tomasa experimentó un vago sentimiento de sospecha que poco a poco fué agrandándose.
La fiel aragonesa no podía encontrar una aclaración a tal misterio, pero adivinaba que todas aquellas desgracias que ocurrían seguidamente eran obra de una mano misteriosa, de un poder oculto, interesado en separar a los dos amantes.