—¡La señorita! ¡Es la señorita!
XVIII
La felicidad de Baselga.
María era la que llegaba.
Entró con timidez y casi temblando, como arrepentida de la locura que había cometido en un momento de alucinación mística, abandonando a su padre, cuyo estado fatal conocía; pero su turbación aún aumentó más al ver a Baselga de pie junto al lecho del enfermo.
¿Cómo era aquello? ¿Qué hacía allí su amante? La joven, al ver al hombre amado, sintió que renacía en su pecho la amortiguada pasión, y se felicitó de que la Policía hubiese ido a sacarla de aquel convento, en el cual desde por la mañana la perseguía el recuerdo de su padre moribundo y casi abandonado.
El jefe de Policía, siempre seguido de su fiel can-secretario, estaba en el dintel contemplando la escena y gozando con la alegría que le producía al enfermo la devolución de su hija. Escenas tan tiernas como aquéllas eran las únicas satisfacciones eme le proporcionaba su oficio.
Llegó el momento de las explicaciones:
—Señor Avellaneda—dijo el comisario—, mi misión está cumplida. Le devuelvo a usted su hija y me retiro ya, si es que nada más tiene que pedirme.
El digno funcionario miró a María y a su padre con tal expresión, que la joven venció su timidez v gimiendo se arrojó sobre el lecho del enfermo, estrechando entre sus brazos la cadavérica cabeza de don Ricardo.