Este sollozaba de felicidad al sentir el contacto de aquel ser querido, y todos los que presenciaban la escena sentíanse conmovidos, a excepción del secretario del jefe de Policía, que presenciaba aquel acto con la indiferente frialdad de un autómata.
—Todo está bien—dijo el comisario con aire satisfecho—, y ahora con el permiso de ustedes me retiro, si es que no tienen que pedirme otro servicio.
Don Ricardo hizo con la mano una señal para, que el funcionario se acercara a su lecho, y allí fué a situarse aquél, seguido siempre de su apéndice el secretario.
Los dos amantes y la sirvienta comprendieron que su presencia podía ser molesta y se retiraron al fondo de la habitación, junto a la ventana, quedando envueltos en la penumbra que formaba la llama de una pequeña lampara batallando con las densas sombras, a las que sólo podía expulsar de un reducido espacio.
Avellaneda contó al comisario todo cuanto acababa de saber por boca de Baselga. Los jesuítas conspiraban contra la libertad de su hija para apoderarse de sus millones y era preciso ponerla a salvo de tales asechanzas. Convenía, pues, casarla cuanto antes con el conde de Baselga, que la amaba: pero este acto no podía verificarse inmediatamente y él se sentía próximo a morir, inquietándole mucho la idea de que su hija iba a quedar sin el apoyo de un marido, por lo cual solicitaba el consejo del comisario.
Este escuchaba con gran atención desde que oyó que los jesuítas estaban mezclados en el asunto.
La monarquía de Luis Felipe, como nacida de una revolución, era muy poco afecta a la Compañía de Jesús y, además, la Prensa republicana hacía una continua campaña contra, la Orden, a la cual, no sin fundamento, atribuía la mayor parte de los males que afligían al país.
Estaba, pues, interesado el comisario, como agente del Gobierno, en combatir a aquella tenebrosa asociación que penetraba en todos los hogares y buscaba apoderarse de todas las fortunas, y de aquí que prometiese a Avellaneda prestarle toda su ayuda.
El enfermo, ante esta promesa, comenzó por pedirle le indicase qué es lo que podía hacer para asegurar la suerte de María mientras llegaba el momento de casarse.
—Lo único que puede hacerse en esta ocasión—contestó el comisario—es que conste de un modo formal que usted da su consentimiento para que la señorita contraiga inmediatamente matrimonio. Si por desgracia muere usted, yo quedaré encargado de activar el matrimonio y de impedir que esos negros enemigos de su tranquilidad intenten algo contra su hija. Mi deber, como funcionario, consiste en oponerme a las tramas del jesuitismo, al que usted no debe temer estando en Francia. La Compañía podrá tener gran poder en España, pero aquí nuestro Gobierno le tiene declarada la guerra, y crea usted que tendría un verdadero placer en que la policía tuviese que entender con alguno de sus individuos.