Avellaneda admitió el consejo del comisario, y éste despachó a su amanuense para que fuese en busca de un notario que vivía en el mismo distrito.
Transcurrieron algunos minutos sin eme nada viniera a turbar la calma que reinaba en aquella habitación.
Los dos amantes, de pie junto a la ventana, y velados por la sombra, se entregaban a una conversación sin fin, y, con ese egoísmo propio de enamorados, forjábanse los más hermosos ensueños, sin acordarse de que a pocos pasos de ellos se encontraba don Ricardo amenazado de muerte; Tomasa, sentada cerca de la pareja, los contemplaba con cariño, y de vez en cuando acudía al cuidado del enfermo: éste gemía dolorosamente y el comisario estaba inmóvil en su silla, con ademán distraído y como repasando en su memoria los asuntos que le ocuparían al día siguiente.
En esta situación se encontraban los cinco, cuando sonó la campanilla de la escalera.
—¡El notario! ¡Ya está ahí el notario!—dijo María, con alegría infantil.
—¿El notario?—murmuró el policía—. No sé; pero me parece demasiado pronto.
Sonaron pasos en la habitación vecina, y un hombre entró sin que la densa sombra le permitiera ser reconocido.
Cuando llegó al espacio iluminado, todos, a excepción del comisario, profirieron en una exclamación.
Era el señor García.
Este, por su parte, no se manifestó menos asombrado. Miró al comisario y palideció algo al fijarse en su fajín, signo de autoridad; pero cuando su mirada, profundizando en las sombras, adivinó, a pesar de su miopía, a Baselga y su amada, de pie junto a la ventana, perdió aquella serenidad que le caracterizaba y quedó estupefacto.