Sabia perfectamente que aquel gigante con sotana era capaz de todo.
Con paso lento se dirigió a la puerta, y todavía al llegar a ésta volvióse coja ademán suplicante.
—¡Salid—gritó el superior—, y olvidaos para siempre de mí! Yo, por mi parte, me guardaré en adelante de salir responsable ante el general de Roma de imbéciles como vos.
El viejo salió del despacho.
¡Arrojado de la Compañía! ¡Abandonado para siempre! No; él no podía sobrevivir a tan gran desgracia.
Ya buscaría el medio de librarse de tal humillación antes que la miseria lo atormentase.
Había sido vencido, pero sabría caer con grandeza.
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En la madrugada del día siguiente los guardias municipales situados en las inmediaciones del puente de las Artes, vieron caer un hombre en el Sena, reaparecer por dos veces sobre las negruzcas aguas y hundirse, por fin, definitivamente.
A las diez de la mañana los dependientes del Municipio, con la habilidad propia de los que diariamente tenían que entender en sucesos iguales, habían pescado el cadáver; a los pocos minutos era expuesto éste, sucio e hinchado, en el depósito de la Morgue, y antes del mediodía constaba en el registro de la Policía que en la noche anterior, y a juzgar por los documentos que se habían encontrado sobre el interfecto, se había suicidado, arrojándose al Sena, un español, de edad avanzaba, llamado José García y domiciliado en la calle de las Santos Padres.