No era posible que él pudiese resistir tan cruel golpe, y por esto cayó de rodillas a los pies de su superior derramando lágrimas como un niño.
—Reverendo padre—gimió—, yo no puedo resistir un castigo tan terrible. Mandadme que me mate y os obedeceré; sentenciadme a las más terribles penas, hacedme sufrir las mayores humillaciones y que sea el último criado de vuestros fámulos; todo lo arrostraré pacientemente, pero no me arrojéis de la Orden, que es para mí más que mi propia madre. ¡Compasión, reverendo padre, compasión para este desgraciado!
Y el miserable viejo abrazaba las piernas de su superior con ademán desesperado, bañando su sotana con lágrimas.
El padre Fabián permanecía insensible y hacía esfuerzos por repeler al suplicante viejo.
—Inútil es cuanto digáis—dijo el jesuíta—, pues la Compañía piensa bien las cosas antes de decidirse, y está resuelta a sostener el castigo que os impone. Hemos terminado, pues, y debéis, por tanto, daros por arrojado de la Orden.
El señor García, siempre arrodillado, pugnó por abrazar las piernas que se le escapaban, y conteniendo sus sollozos, fué a hablar; pero en el mismo instante recibió en el rostro un vigoroso puntapié del padre Fabián, que le hizo caer al suelo.
Era un arranque característico del jesuíta, que había sido antes soldado.
El reverendo padre estaba furioso.
—Señor García—dijo con una frialdad terrible—; me estáis molestando con esa mojiganga insubstancial. La Compañía no os quiere ya y os envía a que acabéis vuestra vida en el arroyo, como un perro viejo y sarnoso. Salid al momento, si no queréis que a patadas os ponga en la puerta.
El viejo se levantó penosamente del suelo, limpiándose la sangre que corría por su rostro a causa del golpe recibido.