—Sí, reverendo padre.
—¿No os parecerá muy terrible nuestro castigo?
—No. He faltado, y comprendo que la disciplina de la Orden, en la que se basan todos nuestros triunfos, no podría subsistir si se tratara con dulzura a los que delinquen. Castigad con dureza, reverendo padre; yo, en vuestro lugar, haría lo mismo.
—Muy bien. Celebro que habléis de un modo tan razonable. Ved vuestro castigo: desde este instante dejáis de pertenecer a la Compañía de Jesús. Todos vuestros votos quedan anulados, y la Orden no se acordará ya más de que os tuvo en su seno.
El señor García experimentó la misma impresión que si el techo hubiese caído sobre su cabeza.
El esperaba ser sentenciado a terribles castigos personales, y se proponía sufrirlos con calma; aguardaba humillaciones sin cuento y ser despojado de aquella agradable consideración que gozaba en la Orden; pero ser arrojado de ésta, perder su calidad de miembro de la Compañía de Jesús, era un castigo terrible que nunca había imaginado llegase a merecer.
Para el hombre que desde su juventud pertenecía a la misteriosa y gigantesca Institución y la amaba hasta el punto de identificarse con ella considerándola su única familia, verse forzado a abandonarla era el peor de los tormentos.
Sin su calidad de jesuíta el señor García era un pobre diablo, un nadie, incapaz de merecer el menor respeto, mientras que unido a la Compañía sentía orgullo al considerarse una ruedecilla de la gran máquina que batía en brecha al progreso, un menudo tentáculo de la gigantesca araña negra que se proponía abarcar todo el mundo entre sus patas.
Además, dedicado toda su vida a los negocios de la Compañía, no había tenido motivo de aprender una profesión con que ganarse la subsistencia; y ahora, a la vejez, cuando estaba inútil para el trabajo y carecía de dinero, pues la Compañía había atendido hasta entonces a todas sus necesidades, ésta lo arrojaba para que muriera en medio de la calle roído por el hambre y los remordimientos.
El señor García temblaba como un reo a quien acaban de leer la sentencia de muerte. La humillación que le causaba el perder su importancia de societario de Jesús y el miedo que le producía un porvenir de miserias sin cuenta, le conmovían profundamente, desvaneciendo aquella audacia que hasta poco antes le caracterizaba.