Su derrota era completa, y el mísero agente de la Compañía comprendía que ésta tenía motivo sobrado para castigarle cruelmente. El, en lugar del padre Fabián, se hubiera ensañado con el ejecutor torpe que comprometía a la Orden y perdía una cantidad enorme cuando ya la conceptuaba segura.
Pero a pesar de este convencimiento, el señor García, instintivamente, buscó el mejor medio de excusarse, y dijo con humildad:
—Reconozco, reverendo padre, que he sido un miserable y que merezco ser castigado; pero no me negaréis que mi plan estaba bien urdido y que su ruina sólo ha sido motivada por esa Tomasa, que equivale a un pequeño detalle descuidado.
—En los trabajos que lleva a cabo un buen jesuíta no hay detalle grande ni pequeño que merezca ser mirado con desprecio. Hicisteis caso omiso de esa sirvienta; creisteis, en vuestra estúpida confianza, que no merecía ninguna atención, y por ahí ha venido la muerte del negocio.
—Reverendo padre, yo era dueño de la voluntad de María, y creía, con sobrado fundamento, que esto resultaba suficiente.
—Pues creíais mal. No basta apoderarse de una persona; es preciso hacer el vacío a su alrededor, impidiéndola todo contacto con seres que puedan oponerse a nuestra voluntad. No estando seguro de la adhesión incondicional de esa doméstica, debíais haber buscado un medio para anularla, sacándola de la esfera donde podía hacernos daño.
—¿Y el medio, reverendo padre? ¿Dónde encontrarlo?
—En cualquier pretexto. Veo que sois aún más torpe de lo que yo creía. Cualquier medio era bueno para llegar a nuestro fin. No era necesario que por medio de hábiles murmuraciones lograseis que riñese con su señor y abandonase la casa, pues bastaba con que, por ejemplo, la hubieseis hecho pasar por loca. Ya sabéis que a nuestro lado tenemos médicos hábiles, capaces de certificar la locura del ser más cuerdo y meterlo en un manicomio. Esto es lo que yo hubiese hecho, a no ser por vuestra estúpida confianza, que me aseguraba la fidelidad de esa criada.
El señor García quedó anonadado por esta lección de su maestro, y permaneció silencioso, mientras que el padre Fabián le contemplaba con ojos de furor.
—Bien comprenderéis—continuó el superior—que después de este fracaso que ha comprometido gravemente nuestro prestigio, la Compañía, no puede permanecer indiferente ni dejar de castigar al agente inepto, indigno, por mil conceptos, de seguir figurando en un santo ejército que marcha a la conquista del mundo. Sois un soldado cobarde, y Jesús, nuestro general, no os puede perdonar. ¿Lo creéis así?