—Todavía no se ha perdido todo, pues aun vive la hija de Avellaneda, y de la voluntad de ésta si que soy dueño absoluto. Ved si no con qué facilidad la conduje al convento.

—Es tarde ya. Ahora nada podéis, pues la proximidad de su amante ha disipado sus aficiones a la vida monástica.

—Aun puede hacerse algo. Quitemos de en medio a Baselga. Métalo vuestra paternidad otra vez en la cárcel.

—No puede ser. El conde tiene amigos que le protegen y su inocencia ha quedado en claro, y otra queja por conspirador no surtiría ningún efecto.

—Pues entonces—dijo el vejete levantando audazmente la cabeza y sonriendo con expresión satánica—, anulémoslo. Ya sabe vuestra paternidad que no nos faltan medios para librarnos de un hombre.

—Eso en esta ocasión sería la mayor de las imbecilidades. La autoridad está advertida; gracias a vuestra torpeza, conoce el interés que nos impulsa en nuestras relaciones con la señorita Avellaneda, y la menor desgracia que ocurriera al conde de Baselga haría caer sobre nuestra cabeza una tremenda responsabilidad.

El señor García reconoció la verdad de tales observaciones y murmuró con desaliento:

—Es verdad. Forzosamente hay que respetar a ese conde, que va a hacerse dueño de una fortuna que era ya nuestra.

—Pronto será esposo de esa joven. Según los informes que acabo de recibir, Avellaneda está ya en la agonía, pero antes ha dado de un modo solemne, y ante notario, su consentimiento para que María contraiga matrimonio con Baselga lo antes posible.

Esta noticia no sorprendía al vejete, pero le producía una diabólica irritación. ¡Oh, rabia! Ver cómo aquel conde hambriento se hacía dueño de los quince millones que él consideraba ya como de la Compañía, y no poder evitar aquello que él tenía como un escandaloso robo.