—¿Esta es la portentosa habilidad que poseéis para arreglar los negocios que se os encomiendan?
—Reverendo padre, os juro que yo no soy culpable. He llevado el negocio tan bien como he podido y, a no ser por la fatalidad que se ha cruzado en mi marcha...
—¿Habláis de la fatalidad?—le interrumpió furioso el jesuíta—. ¿Qué tiene que ver la fatalidad con esto? Vuestra torpeza es la culpable y nadie más.
—Yo no puedo explicarme, reverendo padre, el mal éxito de esta operación. Cuando todo estaba ya seguro: la niña en el convento y el novio en la cárcel, llego a la casa y me veo a los dos amantes en amorosa plática y a un comisario de Policía junto al lecho. Esto, por lo repentino e inesperado, parece obra del diablo. Dígame vuestra reverencia, que como de costumbre estará mejor enterado, quién ha deshecho tan rápidamente toda mi obra. Tengo un deseo rabioso de saberlo, y horas enteras he permanecido aquí buscando en mi imaginación al verdadero autor de tal prodigio.
—¡Ah, repugnante imbécil! ¡De qué os sirve tener ojos si no veis a los que están a vuestro lado y por qué pasáis por listo si no conocéis a las personas que os rodean! La criada del señor Avellaneda, esa mujer ruda y zafia, según mis informes, es la que se ha burlado de la Orden deshaciendo toda la trama.
—¿Ha sido Tomasa? No puedo creerlo, reverendo padre.
—Siempre, seréis un necio confiado. Ya sabéis que dentro de la casa tenemos muy buenos espías cuyos informes no mienten. Esa Tomasa ha sido, y vos, obrando como un hombre hábil y como buen miembro de la Orden, debíais haber comenzado por haceros dueño absoluto de su voluntad.
—Lo era, reverendo padre. Tomasa me quería y nacía caso de todos mis consejos.
—Vuestra fatuidad os hacia creer que erais dueño de una voluntad, sobre la que no tenéis ningún ascendiente. En la Compañía ya sabéis que nadie se considera dueño de otro hasta que ha anulado su voluntad de modo que puede convertirlo en un cadáver automático.
El señor García quedó anonadado por tal lección, pero con el afán de congraciarse con su superior, dijo con acento de confianza: