El silencio que reinó durante algunos minutos producía más impresión en el viejo que los más furiosos insultos. El señor García comprendía que aquel silencio anunciaba para él algo más terrible que un tropel de iracundas acusaciones.

El padre Fabián dió varios paseos a lo largo de la habitación con el rostro congestionado y respirando con cierta dificultad, y, por fin, tomó asiento frente al viejo, que seguía de pie en actitud humilde.

—¿Desde cuándo estáis aquí?

—Desde las ocho, reverendo padre.

El jesuíta volvió a quedar silencioso y el señor García creyó que debía aprovechar la pausa para darle cuenta de lo ocurrido.

—Reverendo padre, tengo que manifestaros que...

—No sigáis. Estoy enterado perfectamente de cuanto ha ocurrido en casa de Avellaneda. Sois un miserable, un canalla, un imbécil, pues con vuestro torpeza no sólo habéis impedido que adquiriese quince millones la Compañía, sino que la acabáis de poner en peligro.

El señor García no intentó defenderse y sufrió impávido ludas las injurias de su superior.

—A no ser por mí, que he sabido a tiempo, antes que vos mismo lo ocurrido en casa de Avellaneda y la intervención que la policía tomaba en el asunto, a estas horas el suceso sería publico y mañana esa maldita prensa liberal relataría en todos los tonos que los jesuítas habían arrebatado a una joven del hogar paterno para encerrarla en uní convento y apoderarse de sus millones. Gracias a mi actividad y a las grandes relaciones de la Orden, se ha podido echar tierra al asunto, evitar a nuestros eternos enemigos la satisfacción que les hubiese producido el resultado de vuestra torpeza.

El viejo seguía confuso y cariacontecido, oyendo la filípica de su superior.