El fin de un jesuíta.

Eran las once de la noche, y desde las ocho que el señor García, sentado en un sillón del despacho del padre Fabián, esperaba pacientemente la llegada de éste.

El cerebro del viejo devoto era un hervidero de pensamientos.

La derrota que acababa de sufrir, aquel rápido desmoronamiento de la obra construída a costa de largos años y de inagotable paciencia, le producía una cólera sorda que se traslucía con gruñidos sordos y nerviosos estremecimientos.

La catástrofe le había sorprendido en los momentos en que más victorioso se creía y esto aumentaba aún más su pesadumbre.

Lo que más le aterraba era lo que pudiera decirle el padre Fabián al saber todo lo ocurrido.

Conocía muy bien a su superior y adivinaba cuán terrible iba a ser la explosión de su cólera.

Poseído de mortal angustia, el viejo deseaba salir cuanto antes de la cruel incertidumbre, y esperaba ansioso la llegada del jesuíta, pero al mismo tiempo temblaba siempre que algún ruido exterior le hacía creer en la proximidad del padre Fabián.

Cuando cerca ya de media noche sonó un gran estrépito en la habitación cercana al despacho y se oyó la voz colérica del padre Fabián riñendo con destempladas palabras a uno de sus fámulos, el viejo púsose en pie, y bajando la cabeza con expresión humilde, aguardó temblando.

Entró el jesuíta con precipitado paso abarcó con una terrible mirada la encorvada figura de su agente, y después arrojó sobre un sofá su sombrero de teja y la hopalanda de seda que llevaba sobre la sotana.