La ruda impresión que había experimentado con la presencia del señor García, le produjo una agitación nerviosa que anunciaba la próxima aparición del delirio.

Todos temían que éste sobreviniese antes de la llegada del notario, y contaban los minutos ansiosamente examinando el estado del enfermo.

Por fin, llegó el depositario de la república, y todavía hubo tiempo para que don Ricardo, con sano juicio, pudiese manifestar su voluntad de que María se casase con Baselga, nombrando tutor de la joven al comisario de Policía, que se prestó a ello.

Después, mientras que el notario dictaba a su escribiente, cumpliendo las formalidades de la ley, el enfermo entraba en un furioso delirio, interrumpido por alaridos de dolor.

El médico, que llegó poco después, limitóse a mover la cabeza con expresión fúnebre, y dijo que allí nada le quedaba qué hacer.

A las dos de la mañana don Ricardo Avellaneda exhaló el último suspiro.

María y su amante presenciaron su agonía, y hasta muy entrado el día estuvieron velando el cadáver.

Era la primera noche que pasaban completamente juntos los dos amantes.

La felicidad se mostraba a Baselga bajo una forma fúnebre.

XIX