—El doctor y yo. Llegaron al poco rato a la casa gentes encargadas del fúnebre servicio, pero yo, tanto a ellas como a los criados, los despedí diciendo que la condesa, momentos antes de expirar, se había confesado conmigo, manifestándome con gran empeño que no quería que su cuerpo fuese profanado por manos mercenarias, por lo que rogaba al doctor y a mí que la vistiéramos el hábito de religiosa de la Virgen de la Merced y la colocásemos en el ataúd.

—Admiro el talento de vuestra paternidad.

—Vestimos al cadáver el tal hábito, cubrimos su cabeza con la blanca toca, y cuando lo colocamos en el ataúd presentaba un aspecto tal, que el más hábil observador no hubiese adivinado la terrible tragedia que se ocultaba bajo aquella fúnebre estameña. El cuello de la toca ocultaba las manchas amoratadas que la estrangulación había dejado en la garganta y la parte superior de la blanca caperuza, sombreando los ojos impedía fijarse en lo abultados que éstos parecían bajo los párpados. Al anochecer nuestra obra estaba concluída y habíamos borrado en aquella casa todo vestigio del crimen.

—Y, aunque os parezca demasiado audaz mi curiosidad, ¿que hicisteis después, padre mío? ¿No había ya terminado vuestra misión?

—¡Oh, alma ignorante! ¿Y eres tú el que en ciertos momentos te atreves a darme lecciones? Imposible parece que a una penetración tan exquisita como quiere ser la tuya se le escapen ciertos detalles. Los vestigios del crimen se habían borrado ya en la casa, como te he dicho, pero estaban permanentes y acusadores sobre el cuerpo de la condesa. Figurate que durante la noche se le hubiera ocurrido a cualquiera de los encargados de velar el cadáver levantar un poco la toca o examinar el cuerpo de la difunta. Inmediatamente se habría descubierto la terrible verdad, y aunque nuestra Orden tiene medios para librarse de peligros aún mas grandes, no por esto se hubiera evitado el escándalo. Reconoce, pues, que yo obré sabiamente al permanecer toda la noche velando el cadáver y sin perder de vista a los que me acompañaban en tan santa operación. Así se ha podido lograr que prevaleciera el benéfico engaño y que nadie se acercara al cadáver de Pepita. De seguro que tú, soberbio fatuo, hubieras olvidado tan saludable precaución.

El hermano Antonio hizo con la cabeza una señal afirmativa, aunque en su interior no consideraba al padre Claudio tan listo como él mismo se creía.

Entre tanto, el hermoso jesuíta, sacando un bordado pañuelo de batista, se frotaba la cara con fruición, como si la frescura del trapo desvaneciese el ardor de su epidermis, y decía con voz lastimera:

—¡Si supieras cuán cansado estoy! Las agitaciones del día anterior y la contemplación del cadáver de Pepita, a quien ayer mañana vi rebosando salud y vida, no me han permitido cerrar los ojos en toda la noche, y a pesar de que soy fuerte como el hierro, como tú mil veces has podido apreciar, me siento quebrantado y necesito descansar inmediatamente.

—Esta madrugada—continuó el jesuíta después de larga pausa—mi primera ocupación ha sido avistarme con el conde de Baselga. El dolor le había rendido y estaba inerte sobre un sofá de su cuarto, respirando angustiosamente. El conde debe de haber pasado una noche más dolorosa aún que la mía. Como comprenderás, convenía a los intereses de la Orden el que explorase nuevamente la voluntad de ese fiero, uniéndolo aún más estrechamente a nuestra santa Compañía. Te confieso que más que los peligros que pudiera proporcionarnos la inesperada muerte de Pepita, me preocupaba lo que diría ese león furioso al despertar de su delirio del día anterior y darse cuenta exacta de su situación examinando las cosas con frialdad.

—La conversación sería larga.