—Muy larga, hermano Antonio, y te aseguro que en los primeros momentos el conde me causó miedo. Las terribles impresiones y la dolorosa crisis que acababa de sufrir, habían cambiado su carácter y sus facultades hasta el punto de que yo quedé asombrado al oírle expresarse con una energía tan culta y un acento de tan dramática indignación, que me recordó a alguno de aquellos oradores liberales que alborotaba en las Cortes durante el maldecido período constitucional.
—Eso es un milagro de Dios tratándose de un hombre tan rudo y poco ilustrado como lo es el señor conde.
—El dolor y los terribles desengaños operan algunas veces en el hombre asombrosas transformaciones.
—Realmente en el ánimo del conde debe de haberse efectuado una verdadera revolución.
—Cuando yo comencé a dirigirle las primeras palabras de consuelo, Baselga pareció despertar. Cada una de mis expresiones fué desvaneciendo una parte de las nieblas que envolvían su cerebro y, al fin, como el ciego que de repente ve la luz, se pintó en su rostro una expresión de asombro y de sorpresa y dió un suspiro que tenía mucho de rugido. Acababa de darse cuenta exacta de su situación. Su figura nada tuvo de tranquilizadora cuando los recuerdos fueron agolpándose en su memoria. Paseábase furiosamente por la habitación y con voz entrecortada fué dando salida a los pensamientos que en tropel acudían a su memoria. ¡Cómo recordar yo ahora lo que allí dijo aquel infeliz para desahogar su furor! Habló hasta contra el mismo Dios; y al rey, a pesar de todas sus aficiones realistas, lo puso como un trapo, apurando todos los adjetivos malsonantes que había podido recoger en las cuadras de los cuarteles. Te digo que parecía un tribuno de aquella "Fontana de Oro", de triste memoria.
—La verdad es que el señor conde tiene motivos sobrados para hablar mal de S. M.
—Así es; pero si hubiera podido oírle Chaperón o cualquiera otro director del moderno Santo Oficio, te aseguro que Baselga, a pesar de todos sus servicios a la causa del absolutismo, estaría a estas horas en la cárcel y mañana patalearía en la horca de la plaza de la Cebada. Mira con qué calor hablaría, que hasta yo mismo me conmoví un poco. ¡Con qué acento tan lastimero declamaba contra el rey, en cuya defensa había derramado su sangre, y que correspondía a tan grandes servicios arrojando la deshonra sobre su cabeza! Dijo que los reyes eran todos iguales: bestias miserables que no reparaban en deshonrar a sus más fieles vasallos turbando la paz de sus hogares, y acabó en su furor hasta por decir que ya se iba convenciendo de que los revolucionarios tenían razón, y que los franceses del 93 habían obrado muy cuerdamente cortando las cabezas de los monarcas.
—¡Eso dijo!—exclamó el secretario con afectado asombro—. No cabe dudar de que el conde deliraba a impulsos del dolor. Esas palabras sólo se comprenden en un loco.
—Has acertado; el conde estaba loco y aun me afirmo más en ello cuando recuerdo que habló de lo dispuesto que estaba a dar una puñalada al rey apenas lo viese, o al menos darle de latigazos así que encontrara ocasión.
—Eso es horrible, padre Claudio.