Debilitábase ya la curiosidad, cesaban los comentarios y las aventuradas suposiciones, cuando una mañana, con gran acompañamiento de campanillas y cascabeles, chasquidos de látigo y chocar de ruedas, entró en la calle una empolvada silla de posta, que fué a detenerse frente a la casa número 6, que era la habitada por el señor Avellaneda.
Cuando el zagal del coche fué a abrir la portezuela, ya había ocupado su puesto el inquilino de la casa, que, en traje bastante descuidado, salió corriendo del patio y, profiriendo algunas exclamaciones de sorpresa y alegría, tiró del dorado picaporte, asiendo inmediatamente una mano blanca y femenil.
Las numerosas caras que asomaban a las puertas, ansiosas de conocer quién iba en aquel coche que tan inesperadamente venía a turbar la tranquilidad de la calle, vieron saltar al suelo, con toda la pesadez de un cuerpo alto y robusto, a una mujer vestida con traje de viaje, y que inmediatamente se arrojó en brazos del señor Avellaneda.
Hubo besos y abrazos, pero los curiosos no pudieron contarlos, con gran pesar suyo, pues les llamó inmediatamente la atención una moza, de aspecto bravío y de rostro atezado, que vestía un traje tan pintoresco como desconocido en París, y que bajó torpemente del carruaje mirando a todas partes con azoramiento y asombro.
Las dos mujeres eran señora y criada. Formando un grupo la recién llegada y el señor Avellaneda, y llevando como apéndice a la asombrada sirvienta, que miraba a todas partes con alarma y parecía querer confundirse con las faldas de su ama, entraron en la casa, mientras la vieja auvernesa, sonriendo y haciendo señas de inteligencia a los curiosos, iba amontonando en el patio los paquetes que el postillón sacaba de la cubierta y del interior del carruaje.
Aquella misma tarde sabían los vecinos de la calle que la recién llegada era la esposa del señor Avellaneda, que había estado separada de él, por muchos años, por ciertas divergencias de carácter, pero que ahora iba a buscarle en la desgracia, dispuesta a vivir siempre con él.
Con el cambio de habitación y la llegada de su esposa, el señor Avellaneda mudó por completo de carácter.
En adelante, las gentes del barrio le vieron salir solo muy pocas veces, pues iba a todas partes llevando del brazo a su esposa, y no paseaba ya melancólicamente por el Luxemburgo.
Madame Avellaneda era de carácter muy distinto al de su esposo, y a los pocos meses consiguió trabar más relaciones en el barrio que su esposo en algunos años.
Hablando un francés detestable, pero procediendo con una franqueza distinguida, que le valía grandes simpatías, trabó amistad con los vecinos e hizo salir a su esposo de aquella existencia de hurón, en la cual su carácter melancólico le había sumido hasta poco antes.