Las costumbres de aquella señora gustaban mucho a los devotos habitantes del barrio de San Sulpicio, y ratificaban sus ideas sobre España, país altamente católico.

Todas las mañanas, ostentando una airosa mantilla de blonda, prenda entonces más desconocida en París que en el presente, iba a oir misa en la cercana iglesia de San Sulpicio, y dos veces al mes se confesaba con un cura español, emigrado, que en 1808 se había afrancesado reconociendo el Gobierno de José Bonaparte.

Esta religiosidad no impedía que el señor Avellaneda siguiera manifestándose tan impío como antes, y que a pesar de que mostraba empeño en no separarse un instante de su mujer, la dejara ir sola a la iglesia.

Madame Avellaneda no era hermosa a los cuarenta años, ni en la primavera de su vida había sido gran cosa, pero tenía una agradable presencia y cierta majestad realzada por el gracioso andar propio de una española.

Su esposo parecía amarla mucho, y en su presencia guardaba cierto aire de inferioridad, propio de un adorador.

Tomasa, la criada que trajo de Madrid madame Avellaneda, era una tosca aragonesa que no lograba aclimatarse en extranjero suelo, y que aun cuando mostraba una asombrosa facilidad para aprender un idioma extraño, tenía la cualidad de destrozarlo de un modo inverosímil, produciendo la risa de todas las sirvientas del barrio con su lenguaje híbrido, mezcla confusa de locuciones españolas y palabras francesas equívocamente pronunciadas.

Por tan dificultoso conducto las gentes del barrio fueron enterándose de que el señor Avellaneda era uno de los españoles llamados afrancesados, que por amor a las ideas de la gran Revolución se había unido a la causa de Napoleón, y que en la corte de su hermano José había desempeñado altos cargos, llegando a ser su principal confidente y consejero.

Su esposa, en cambio, había sido defensora apasionada de la causa de la Independencia, y esto había motivado el rompimiento de relaciones entre los dos esposos, y la consiguiente separación.

Cuando los franceses y sus partidarios tuvieron que evacuar la Península ibérica, la señora de Avellaneda dejó que su esposo fuera completamente solo a sufrir las tristezas de la proscripción; pero le amaba tanto, que al poco tiempo, sabiendo que se hallaba en la miseria, no pudo menos de escribirle prometiéndole el envío de una cantidad mensual para atender a sus cortas necesidades.

Aquella mujer, a pesar de sus preocupaciones de patriota intransigente y de su odio a los afrancesados, "gente perdida que quería la ruina de la religión", no podía olvidar su amor, aquel amor que, quince años antes, le había hecho contraer matrimonio a ella, que era única heredera de una de las casas más ricas de Andalucía, con un pobre estudiante que salía de las aulas salamanquinas con el título de doctor en leyes y la cabeza atestada de las más originales ideas, pero que no tenía otro medio de vivir que un mísero sueldo en la Oficina de Interpretación de Idiomas, que dirigía el célebre Moratín.