Además, doña María, por pertenecer a una familia emparentada con la más rancia nobleza, tenía bastante influencia en la nueva situación política de España, y ya la iba cansando el permanecer en un país a cuyas costumbres no lograba amoldarse.
El que menos deseos mostraba de volver a España era el señor Avellaneda. Sentía la nostalgia de la patria y, especialmente, en lo más crudo del invierno, en esos días parisienses tristes y monótonos, que pasan veloces entre un cielo amasado con niebla y un suelo cubierto de nieve, recordaba el sol de España y los verdes y risueños campos; pero volver a un país, después de muchos años de ausencia, para encontrarlo más bárbaro y atrasado que cuando se le dejó, es un tormento que no puede sufrir con calma un hombre que cree en el progreso y que odia la tiranía.
A pesar de esto, el señor Avellaneda no se oponía al regreso a España.
Su esposa se disponía a sacudir su calma religiosa y aquella inercia hija de la devoción, para hacer todos los preparativos de viaje, cuando, una tarde de invierno, al salir de San Sulpicio, una ráfaga de viento helado se coló hasta el fondo de sus pulmones, congestionándolos mortalmente.
La enfermedad fué tan corta como terrible.
Cuando algún tiempo después evocaba el señor Avellaneda aquel terrible suceso, apenas si se acordaba de él, pues en su memoria aparecía con la vaguedad de un sueño.
En menos de dos días la vida de doña María fué desvaneciéndose, y cada médico que era llamado a la cabecera de su cama parecía marcar un nuevo avance de la enfermedad.
Don Ricardo estaba desesperado y como loco, y de seguro que, a no estar allí Tomasa y el imprescindible señor García, la enferma no hubiera muerto rodeada de tan prontos y solícitos cuidados.
Ellos fueron los que la sostuvieron erguida para que no respirara con tanta angustia en la larga y horrible agonía, y ellos los que le cerraron los ojos cuando la vida quedó extinguida en tan robusto cuerpo.
Mientras el señor García llevaba a cabo todos los preparativos para el entierro, don Ricardo, en un rincón de la sala, en cuyo centro estaba el cadáver de su esposa, lloraba como un niño, recordando lo mucho que le había amado aquella mujer, a pesar de las diferencias de carácter y aficiones.