Cuanto Tomasa, tan desconsolada como su amo, aunque mostrando una entereza más varonil, entró en la habitación llevando a la niña de la mano para que viera por última vez a su madre, el señor Avellaneda se arrojó sobre su hija y comenzó a besarla desesperadamente como si temiera que la muerte fuese a arrebatársela.
Pasado aquel primer ímpetu del cariño, el infeliz esposo miró a la atolondrada criada, que lloraba silenciosamente, y le dijo con acento de fraternal ternura:
—De hoy en adelante los dos estaremos solos para criarla. ¡Tú serás su madre!
IV
Crisálida.
La vida de María fué transcurriendo sin tropezar con ningún incidente notable.
La muerte de su madre apenas si había causado mella en su ánimo.
Es la muerte un fenómeno fatal que apenas si tiene algún valor para los seres que acaban de pasar las puertas de la vida.
Sin poseer el cariño de su madre ni conservar de ésta otro recuerdo que la imagen confusa de una señora solícita y dulce que la tenía en la iglesia por espacio de muchas horas, María fué creciendo al lado de aquella fiel criada que no podía hablar de su difunta ama sin derramar lágrimas, que se apresuraba a enjugar reemplazándolas con una sonrisa para que no turbasen la apasible calma de la niña.
En aquella casa don Ricardo era quien había experimentado mayor impresión con la muerte de doña María.