Hacía prodigios el señor García para ir iniciando dulcemente en aquella inteligencia, lo mismo atenta que distraída, los principios de una instrucción que más que a enriquecer el cerebro con gran caudal de conocimientos, se dirigía a despertar el sentimiento místico e idealista y a crear una exagerada devoción religiosa que degenerara en fanatismo.
La niña aprendía a leer en lindos libritos de cantos dorados y encuadernados en tafilete, donde con estilo melifluo y empalagoso se relataban estupendos milagros y se hablaba del amor a Dios, empleando mundanas comparaciones que hubieran hecho ruborizar a María, a tener más años y menos inocencia.
Aquella continua lectura y las entretenidas relaciones del señor García, que sabía mezclar en la conversación vidas de santos y santas, narradas en forma novelesca y en las que el diablo desempeñaba siempre el papel de traidor de melodrama, trastornaba el cerebro de la niña, que a los diez años soñaba en hermosas princesas que morían en el martirio antes que abjurar de su fe, y en bellísimos ángeles con armaduras de oro y rodeados de deslumbrantes resplandores que, aprovechando el silencio de la noche, descendían del cielo para depositar un casto beso, sobre la frente de las vírgenes cristianas.
Conforme transcurría el tiempo y crecía la niña, don Ricardo sumíase en su melancolía y descuidaba la educación de su hija confiando en la fidelidad de Tomasa y la amistad del señor García, y éste, aprovechándose de aquella apatía y del cariño que le profesaba María, procedía como un verdadero padre, disponiendo de su voluntad a su antojo.
La aversión que la pequeña mostró en otro tiempo a permanecer mucho tiempo en la iglesia, habíase trocado, merced a las sugestiones del cariñoso protector, en cotidiano y celestial placer, siendo los momentos más felices para María aquellos en que, arrodillada con todo el aire de una señora mayor, estaba en la iglesia arrullada por las melodías del órgano y contemplando aquellas imágenes que con sus ojos de vidrio la miraban fría e indiferentemente.
Mayor placer le causaban todavía las visitas a los conventos.
Tenía el señor García grandes amistades con las superioras de algunos de ellos, y allá iba una vez por mes acompañado de la niña, que ansiaba penetrar en aquellas destartaladas habitaciones impregnadas de ese olor "sui géneris" mezcla de humedad y de incienso, propio de las casas de religión.
Su viejo preceptor quedábase en el locutorio; pero para ella se abrían las puertas del claustro y pasaba de los brazos de una a otra monja, siendo acariciada por todas, y volviendo a casa con los bolsillos atestados de escapularios y golosinas.
La imagen del convento iba grabándose fuertemente en su cerebro.
Los trajes extraños de aquellas mujeres, su género de vida, el ambiente poético de su vivienda, y sobre todo la egoísta consideración de que encerrándose allí ganaba el cariño de Dios y se conquistaba el cielo, causaban gran impresión en el ánimo de la niña, y aún venían a aumentar la fuerza de tales sentimientos las palabras del señor García, que estaba elocuente al descubrir las delicias del claustro y lo bien vistas que eran en el cielo cuantas personas renunciaban al mundo encerrándose en aquél.