Hay que advertir que el santo varón, después de estas insinuaciones, se apresuraba a decir que tal género de vida no era para señoritas, que, como ella, tenían un padre a quien obedecer y cuidar y una gran fortuna de que disponer; pero tratándose de un carácter impresionable y terco como era el de la niña, tales cortapisas solo servían para exagerar sus propósitos y afirmar más en ella las primitivas ideas.

A los doce años María ya tenía adoptada su resolución.

Sabía, porque así se lo había dicho su preceptor, que el mundo era muy malo y estaba decidida a huir de él para encerrarse en uno de aquellos conventos donde podían vestirse trajes teatrales que no se usaban en las calles y comer golosinas deliciosas que no se encontraban en ninguna confitería de París.

Era aquélla una vocación ridícula, propia de una cabeza infantil en la que predominaba la imaginación; pero el señor García debía de tenerla por muy verdadera, ya que manifestaba cierta satisfacción y sólo hacía a la niña muy débiles objeciones.

El viejo devoto, a fuerza de bondadosas humillaciones y de serviles complacencias, había acabado por hacerse omnipotente en aquella casa.

A la hija la dominaba por la educación y el sentimiento, y al padre por la actividad.

La melancolía que se había apoderado de don Ricardo debilitaba su voluntad, hasta el punto de impedirle el ocuparse de sus negocios.

Poseedor de una colosal fortuna, cuyos bienes radicaban en España, y que tenía el deber de cuidar, pues pertenecían a su hija, causábale inmensas molestias el tener que ocuparse de la administración de las fincas, de los cobros y de la correspondencia con los arrendatarios, y creyó muy natural el confiar esta misión a su amigo el señor García, quien se encargó de ella después de varias excusas, negativas y salvedades propias de una conciencia escrupulosa.

Después de este encargo, el poder del viejo en la casa fué ya inmenso.

Vivía fuera, en un pequeño cuarto amueblado de la calle de los Santos Padres; pero exceptuando las horas de dormir, pasaba el resto del día al lado de aquella familia, que se había acostumbrado a considerarlo como un ser al que estaba ligada por lazos naturales e indestructibles.