La sorpresa de Baselga al encontrar al negro fué más grande que la que éste experimentó al verse ante su antiguo amo.
Apoyándose sobre los pies, vacilantes e inseguros, irguió el negro su gigantesco cuerpo, y con estropajosa lengua comenzó a murmurar algunas excusas, que ni él mismo pudo entender.
Baselga, dominado como estaba por un loco furor, necesitaba descargarlo contra alguien; así es que aprovechó la ocasión que le deparaba la presencia del negro, y levantó la mano para golpearle; pero en el mismo instante, y cuando la mujer se levantaba ya asustada, como buscando por dónde huir, abrióse una puerta inmediata y asomó un colosal peinado a la moda, y después un rostro que en otro tiempo habría sido hermoso, pero que ahora, para presentarse, necesitaba una gruesa máscara de colorete.
—¡Ah! ¡Estás ahí! Entra, conde; tenemos mucho que hablar.
VII
El jesuíta pierde la partida
Estaba el padre Claudio, de vuelta de casa de los condes de Baselga, sentado a la gran mesa de su despacho y manejando un sinnúmero de papelotes con una atención posible únicamente en un hombre como él, para quien la vida sólo era un eterno y enrevesado negocio.
Cuando su reverencia papeleaba, ya se sabía en la casa que quedaba como aislado del mundo, y el portero o cualquiera de los novicios escogidos que servían en la casa en calidad de ayudantes, se guardaban muy bien de entrar a estorbarle, aunque fuera para darle un recado del Papa o del mismo general de la Compañía, que es como si dijéramos del vicepresidente del cielo.
El hermano Antonio era el único que, por ser como el "alter ego" de su reverencia, tenía el privilegio de entrar en el despacho estando el padre ocupado, aunque con la condición de no hacer ruido ni dirigirle pregunta alguna.
Justamente, aquella mañana el "socius" del padre Claudio faltó a la consigna escandalosamente, pues entró en el despacho sin recatarse de hacer ruido, y arrojando furiosamente su sombrero de teja sobre una silla, fué audazmente a colocarse junto a la mesa, donde, respirando jadeante, comenzó a limpiarse, con un sucio pañuelo de hierbas, el sudor, que, a pesar de la fría estación, corría por sus mejillas, más arreboladas que de costumbre.