El padre Claudio, al notar la sombra que sobre los papeles proyectaba el cuerpo del recién llegado, levantó rápidamente la cabeza y, con las cejas fruncidas y el gesto avinagrado, dijo al irreverente secretario:

—¿Qué hay? ¿Por qué entras de un modo tan impetuoso?

El hermano Antonio fué a hablar, y tantas cosas parecía querer decir de una vez, que no sabía por dónde iniciar su discurso; pero al fin exclamó, con voz trémula:

—Reverendo padre: todo se ha perdido.

—¿Qué se ha perdido?

—El asunto de la condesa de Baselga.

El jesuíta irguió su cuerpo nerviosamente al oír esto. La zozobra, que le era cosa casi desconocida, se pintó en su rostro y dijo, lanzando al secretario una mirada terrible:

—¿Has visto a tu madre, como te encargué?

—De ello vengo, y he podido saber que la duquesa de León nos ha ganado la mano y que el conde de Baselga lo sabe todo ya.

El padre Claudio quedóse por algunos instantes fatalmente impresionado, y dijo al azorado Antonio: