El período hermoso de su vida empezó para María el día en que su juventud fué declarada oficialmente, o sea aquél en que tomó la primera comunión.

Don Ricardo admiró su traje blanco y su velo de desposada, derramó copiosas lágrimas, producidas tanto por la alegría como por el recuerdo de su esposa, y lo mucho que ésta habría gozado viendo a su hija de tal modo, y no se le ocurrió acompañarla a San Sulpicio, dejando como siempre que cumplieran con este encargo su fiel amigo y la criada.

¡Con qué profunda unción recibió María, confundida entre un tropel de niñas con blancas vestiduras, aquel nuevo sacramento de la Iglesia!

Recordó lo que había dicho el señor García sobre tan importante acto, y pensando que era nada menos que Dios quien iba a alojarse en su cuerpo, procuró engullirse con la mayor delicadeza el pegajoso cuerpo de Cristo, que envuelto en saliva bajó con solemne parsimonia al fondo de su estómago.

Aquel acto resultó conmovedor para los fieles amigos de María.

Su segunda madre, la cariñosa Tomasa, lloraba ruidosamente, tapándose el rubicundo rostro con el blanco delantal, y en cuanto al señor García, creía que a falta de lágrimas era muy propio del caso suspirar angustiosamente, frotándose los ojos con las puntas de su pañuelo.

Desde aquel día todo varió en la vida de María.

Vistiéronla de largo y ya no le fué permitido el correr ni jugar en las alamedas del Luxemburgo, teniendo que resignarse a pasear con aire grave y los ojos bajos al lado de su padre o de su preceptor.

Se acabó para siempre el correr mezclada entre niños, con la cabellera suelta y ondeante bajo el mal seguro sombrerillo, pues en adelante tuvo que peinarse horriblemente e ir adquiriendo, por indicación de su preceptor, todo el aspecto rígido y antipático de una doncella que odia las pompas mundanas y sólo piensa en entrar en el cielo.

El señor García tenía sus planes acerca de su discípula. Era el buen hombre tan modesto que se juzgaba incapaz de continuar la educación de la niña y aconsejaba a su padre la pusiera a pensión en un convento de confianza, que ya se encargaría él de designar; pero Avellaneda, siempre tan complaciente con su amigo y administrador, sacudió su indiferencia al escuchar tal proposición y se negó enérgicamente a separarse de María, y menos a consentir que entrara en un convento, aun en calidad de educanda.