Aquello molestó mucho al virtuoso administrador, pero como su cualidad distintiva era la humildad, sufrió con paciencia el fiero arranque de su amigo y se conformó a que María no fuese al convento.

La niña no experimentó la menor contrariedad con la negativa de su padre.

La halagaba la idea de permanecer algunos años en el convento, llevando la misma vida espiritual y contemplativa de las religiosas, mas no por esto detestaba el mundo con la misma energía que algunos años antes.

María llevaba la misma vida que en un convento, y en verdad que con ella no resultaba muy simpática y alegre la existencia.

Para la niña, los teatros, las "soirés" y las innumerables diversiones de la juventud eran cosas desconocidas; pero con la edad había adquirido gran instinto de observación y en cuanto la rodeaba adivinaba que en el mundo existía una vida llena de placeres y de inesperadas impresiones, muy distintas a la monótona y triste que ella arrastraba.

Muchas veces, cuando cerrada ya la noche regresaba a su casa seguida de sus inseparables amigos, tenía que detenerse para dejar paso a veloces carruajes en cuyo interior se distinguían hermosas damas espléndidamente vestidas que se dirigían al teatro o al baile, aquellas dos diversiones desconocidas por la niña, pero que en su cerebro producían un cúmulo de aventuradas y fantásticas suposiciones.

Aquel vago deseo que en el corazón de la joven producían las pompas mundanas ocupaba su imaginación durante noches enteras, dejando tras sí amargos rastros, pues María juzgaba tales pensamientos obra del demonio, que quería apartarla de la senda del bien, y para conjurar al infernal enemigo, saltaba de la cama y ponía sus rodillas desnudas sobre el frío suelo, pidiendo a Dios que no la desamparase y que le diese fuerzas para desechar tan horribles seducciones.

Mas, por desgracia para la joven devota, el mundo, que es muy pícaro, parecía complacerse en hacer desfilar ante sus ojos, cada vez con mayor magnificencia, todas sus seductoras grandezas, y su espíritu mujeril se conmovía profundamente con las hermosuras del arte, del lujo y de la vida elegante.

En el interior de María formábanse dos distintas personalidades que reñían empeñadas batallas. Los sentimientos de mujer vulgar y de devota iluminada desarrollábanse en ella en continua lucha.

Durante el día la grandeza mundana ejercía sobre ella seductora influencia, y contemplando en el paseo las elegantes damas que paseaban del brazo de sus maridos, sentía algo semejante a la envidia; pensaba con placer en que algún día podía llegar a ser una de ellas y se proponía no encerrarse en un convento, donde la vida resultaba aún más monótona que la que en la actualidad hacía; pero así que por la noche se encerraba en su cuarto y quedaba completamente sola, el silencio nocturno le causaba inmenso pavor, parecíale que el diablo iba a salir por debajo de la cama gritando entre dos estridentes carcajadas: "Eres mía", y miraba avergonzada, como solicitando auxilio, las estampas de vírgenes y santos que adornaban las paredes, acabando por llorar desesperadamente y pedir perdón por pecados tan horrendos como eran haber deseado un vestido elegante y un marido guapo, iguales a los que ostentaban las majestuosas señoras que paseaban por el Luxemburgo.