Aquella interminable lucha que libraban los naturales instintos y los temores pueriles y ridículos engendrados por una educación fanática, causaba gran quebranto a la naturaleza física de María, que vivía febril y sobreexcitada, con gran alarma de cuantos la rodeaban, los cuales no podían explicarse sus ratos de meditabunda melancolía y sus arranques de exagerada devoción.
Tomasa casi llegó a creer en algunos instantes que la hija se había contaminado del mal del padre y que aquella meditación tenaz y dolorosa a la que de vez en cuando se entregaba la conducía en línea recta a la locura.
El único remedio que la joven encontraba para librarse momentáneamente de lo que ella llamaba "pérfidas seducciones del diablo" era la lectura, y con el ansia del náufrago que encuentra un punto sólido al que asirse, leía aquellas obras devotas, de las que tenía gran provisión, gracias al cuidado del señor García.
Pero, ¡ay!, que aquellos libros al poco tiempo no produjeron el efecto apetecido por María, pues en vez de afirmar sus aficiones devotas, la empujaban al mundo y a sus seducciones.
A fuerza de leer comprendió que todas aquellas apasionadas declamaciones resultaban huecas por lo indefinido de su objeto y porque no lograban interesar a su corazón, y en los capítulos en que se hablaba del amor a Dios y se dirigían a éste frases como "¡dulce esposo mío!", "¡Señor de mi alma y de mi cuerpo!", la joven sentía que en su interior se despertaba algo nuevo y extraño y repetía distraída y automáticamente las apasionadas palabras con el pensamiento puesto, no en el hombre desnudo de miembros negruzcos, pecho sangriento y cabeza greñuda que pendía de la infamante cruz, sino en cualquiera de aquellos mozalbetes rizados, vestidos a la última moda, con el cigarrillo en la boca y el lente bailando sobre el chaleco que todas las tardes veía en el Luxemburgo.
Gustábanle mucho aquellas frases amorosas de los libros devotos; pero el demonio la tenía tan aprisionada entre sus garras a los catorce años, que le parecían mas hermosas si iban dirigidas a un hombre de vil materia que a una de aquellas imágenes de leño santificado.
El diablo hace caer a las débiles criaturas de la tierra en tan tremendos absurdos.
La afición a la lectura fué creciendo de tal modo en María, que llegó a alarmar al bueno del señor García.
Parecíanle ya fríos y monótonos los libros de devoción a aquella imaginación despierta, y un día, cansada de tan insípida lectura, se decidió a tomar en sus manos una de las obras que su preceptor llamaba profanas.
Las dos criadas francesas que estaban en la casa bajo la dirección de Tomasa eran el perfecto tipo de la doméstica en la nación vecina: sentimentales, fantásticas y grandes aficionadas a enterarse de las dramáticas aventuras de Alfredos y Arturos y a derramar lágrimas de ternura en vista de las grandes peripecias que éstos habían de sufrir en el curso de la novela.